Un par de posts atrás hablaba de la falta de tiempo, mal de estos idems. Y ese mal se contagia como los piojos en las piletas de las colonias de vacaciones. O sea, una madre le hereda a los hijos, entre otras malas costumbres, la de estar todos muy apurados, muy ocupados y muy mal coordinados entre sí con los tiempos. Y por supuesto en vacaciones eso se vuelve peor.
-Mááá!!. La comida!! Que me tengo que ir al shopping con las chicas!! -grita la mayor mientras se pone una pollerita con el cálculo justo para que no se le vean los calzones…o sí.
-Mááá!!. Quiero llevar otras galletitas!!. Todos los días me las afanan en la colonia!. –vocifera la más chica, y a mi me dan ganas de poner unas con laxante, a ver si se dejan de sacárselas, que ya bastante flaca está la chica.
-Gorda… ¿me lavaste la remera blanca? –ese es mi marido.
-Sí, está en tu placard –le contesto mientras con una mano atiendo la vigésima llamada del día para la quinceañera, y con la otra unto a la pequeña con protector solar 192 (para mi me engañaron ¿existe semejante número de protección o le estoy poniendo cal diluída en engrudo?)
-No, gorda, esa no, busco la de la tortuguita.
Digo yo, ¿no sería lo mismo la del ornitorrinco australiano? ¿Tanta vuelta por una remera blanca?.
–No, flaco, esa se la llevó tu amigo el día que se empedó y se tiró todo el tinto encima. Ah, avisale que la camisa de ese día ya está limpia, quedó bordó en vez de amarilla, pero es lo único que pude hacer, se la terminé de teñir con el tetrabrick que quedó en el patio esa noche. Y termínenla los tres, que tengo que ir a arreglarme las uñas esculpidas, llevar a la perra a despulgar, mandar a arreglar la puerta blindada que reventé a patadas después de mi última agarrada con los vecinos y pasar por lo de la astróloga a ver si en mi horóscopo a futuro aparecen cinco minutos de paz.
Al final, la más grande se fue con la remera del ornitorrinco (porque es re-cool, ¿viste?), el flaco almorzó las galletitas de la colonia, y la más chica se fue tan empastada con el protector que parecía Morticia de los Locos Adams.
Y ahí fue cuando sonó el teléfono. Atendí y empecé a hacer catarsis telefónica del despelote hogareño sin saber quien estaba del otro lado de la línea. Me daba igual si era Susana Giménez para participar en un concurso, o el del cable para decirme que si no pagamos ya, nos cortan. Pero no, era mi vieja. Me escuchó pacientemente y al final me dijo:
-Nena, mucho y bien, no hay quien.
Estaba yo enfrascada en una arrancada de cuero sin piedad a una conocida, telefónicamente. Ya sabemos que para esta actividad se necesitan dos: una que tire para un lado, y la otra amiga que tire para el lado contrario, así el despellejamiento es completo. Cuando ya no nos estaba quedando más para criticarle y habíamos empezado a meternos con su árbol genealógico buscando zoofílicos en su estirpe, sonó la señal de llamada.
–Esperame, que si es mi vieja y no la atiendo, se encula.
Botoncito y…
-Hola.
–Hola nena ¿con quién hablabas?
–Y vos ¿cómo sabes que estaba hablando?
–Porque tardaste en atender, y si no hubiera nadie, ya habría contestado el aparato (mi vieja le dice aparato al contestador telefónico, y a la mayoría de las cosas nuevas que se enchufan).
OK, perdí una vez más. No sé cómo hace pero a la larga se va enterando de toda mi vida.
–Sí, má, estaba hablando con Maisa.
–Ah, ¿y a quién criticaban?.
¡Nooo!…¿otra vez? ¿Cómo hace?
-¿Por qué íbamos a estar criticando, a ver?
–Porque ayer fueron a la casa de Lola a cenar, salieron tarde, se despidieron en la puerta, no se iban a estar llamando a la noche para chusmear, entonces hoy se levantaron –no muy temprano, como siempre- y ahí están, desollándola cual si estuviéramos en plena Inquisición, pero eso sí, acá la bruja no es ella, sino ustedes dos.
–Gracias, má, yo también te quiero.
-Nena, no te traumes, todo el mundo hace lo mismo. Cuando la gente se junta, hacen dos cosas: hablar de sí mismos, que es siempre su tema favorito, y hablar mal de los demás, que es la segunda preferencia en el rating de la comunicación humana.
Nosotros, los modernos, los internautas, los ciudadanos del nuevo siglo, vivimos con la premisa del NO-ME-ALCANZA-EL-TIEMPO-PARA-NADA. Pero en la época de mi mamá, y todavía hoy para aquellos que tienen la suerte de vivir en pueblos tranquilos, tiempo es lo que sobra, para un mate, una charla, o para observar el paisaje o una puesta de sol.
Así que lo que voy a contar le va más a las abuelas, las tías viejas o a algún trasnochado que todavía no se enteró que hay mucho artefacto electrónico para comprar, mucha telenovela para ver, y mucho shopping para recorrer, actividades que se consumirán el tiempo que nos sobre, eso sí, ocupaciones de dudosa utilidad.
Lita de Lazzari vocifera en la radio su famosa frase “camine, señora, camine”, orientada a obtener mejores precios recorriendo distintos comercios. Mi vieja no es del club de fans de la Lázzari, Dios la guarde de semejante despropósito. Sin embargo, hay algo en lo que le hace caso: ella camina. Todos los días. Porque “hace bien”, porque “si no salgo a la mañana después hace calor, o está la novela, o tengo que hacer honor a mi premisa número uno: panza arriba en la catrera”, o, definitivamente, porque le sobra tiempo.
Hace unos días la llamé para pedirle que cuando pudiera me trajera unos botones antiguos para ponerle a un saquito. Antes de dejarme articular palabra, empezó a contarme sobre lo aburrida que estaba: -No hay nada en la tele, no quiero meterme en la cocina porque después como y engordo, y encima hoy no salí porque a la mañana llovía”. Después de levantarle el ánimo anunciándole el comienzo de una nueva telenovela brasilera, le pedí los botones. –Cuando puedas –le dije- sin apuro. Me contestó: -Ahora voy. –No, má, es sin apuro. ¿Para qué vas a venir ahora? –Voy porque… entre que voy y vengo, me entretengo.
"Para tirar hay tiempo", dice mi vieja mientras saca un sospechoso churrasco de la heladera. Lo huele y le decreta la defunción, no sé si porque se hizo vegetariana o por el olor a muerto que largaba.
Pero no siempre esa frase se la ha aplicado a los productos obtenidos en sus paseos por Coto. También es habitual encontrar en su casa cosas que me remiten infaltablemente a mi infancia, y que por supuesto yo ya he olvidado.
Ayer era un día aburrido, medio lluvioso y con niños de vacaciones. ¿Hay una combinación peor?. -¿Vamos a visitar a la abuela?- dije yo en un ataque de originalidad y amor fraternal. No puedo decir que les haya dado lo mismo que si las hubiera invitado al pump-it-up (ese jueguito infernal que reemplazó a la soga y al elástico), pero tampoco se negaron. Es más, si se hubieran negado, sabían que me daba igual, porque la democracia no existe cuando no hay plata para otras opciones de votación.
María Teresa nos recibió sorprendida, y no quise averiguar si fue una sorpresa buena o mala. -Un beso a la abuela! -grité mientras empujaba la puerta para no darle tiempo a mi vieja de cerrar y declararse ausente sin aviso.
Cinco minutos tardaron en asaltar la heladera, cambiarle los canales de la tele (mami, ¿acá no hay cable?), y subirse a la cama con los zapatos medio embarrados de la calle. Todas acciones que en la tranquila vida de María Teresa representan algo así como un tsunami y un piquete en el Puente Pueyrredón juntos.
-Má, me aburro -declaró la más chica, y mi vieja me miró como diciendo "igualita a vos cuando eras chica", porque si había algo que mi mamá odiaba era que le repitiera esa frase veintidós veces por día en vacaciones. Y eso que yo tenía razón, no sé cómo se sobrevivía sin Family Game, Internet, TV por cable y la colección de Barbies.
Se ve que ese recuerdo de infancia le ocasionó un deja-vú a la abuela, porque corrió al placard y dijo: -¿Jugamos? -Y empezaron a aparecer: un rompecabezas de cubos de madera, un rasti de goma, el Cerebro Mágico y el ¡Ludomatic!. Yo me quedé paralizada cual si hubiera visto a Silvio Soldán sin peluquín, y las chicas miraban a la abuela que iba poniendo las fichas en esos agujeros que parecen tapones de zapatillas de futbol. Mientras, mis hijas trataban de levantar la tapita semicircular para sacar los dados. -No, animalitas de Dios -les dije -eso se aprieta y los dados saltan adentro-. Acto seguido, nos enfrascamos en una partida a muerte entre las cuatro. Las chicas me miraban asombradas. Yo, en plena regresión, pataleaba cuando mi vieja me comía una ficha, cual si tuviera otra vez siete años. A ellas lo único que les interesaba era que les tocara el turno para poder apretar el globito y escuchar el clac-clac. Y así se pasó la tarde. Cuando creí que los decibeles acumulados entre los gritos de las nenas, mis puteadas, y el ruidito del ludomatic, iban a provocar una embolia a la casi octogenaria, di por terminado el partido (porque además lo iba ganando ella y eso no me lo iba a bancar), y entoné el original cantito de "a guardar, a guardar". Ninguna de las tres puso demasiada resistencia, creo que la más entusiasmada con el juego había sido yo.
Cuando nos estábamos yendo le pregunté a mi vieja: -¿cómo se te ocurrió guardar estas reliquias tantos años?-. Y ella me contestó: -Para tirar hay tiempo.
Lo que mata es la calor y el humedad
Vivo en Buenos Aires. Y sólo quienes viven acá saben el efecto letal que tiene el calor sumado a la famosa humedad rioplatense. En pocas palabras, hace casi una semana que esto es un horno (de panaderos, que levanta no sé cuántos grados).
El otro día cayó un chaparrón y la mujer policía de custodia del banco del barrio, se paró debajo, haciéndose la distraída. Debe ser muy saludable andar con el chaleco anti-bala y el uniforme a 41º de temperatura. Seguro que cuando viene un chorro, la chica está con todas las luces para correrlo.
Mientras escribo, transpiro como testigo falso.
Mi vieja dice que el frío y el calor entran por los pies. Por eso, en invierno, se fabrica plantillas con las hombreras de las blusas que se usaban hace un par de años, para que le dé calor. Y en verano, las patas en la palangana. Ah, sí, no hay mejor antídoto para el calor. Yo quisiera hacer lo mismo, pero tengo miedo. Esto de la pc no estaba en los cálculos de mi mamá. Cuando ella sumergía sus extremidades, no hablaba virtualmente con gente, sino realmente, con las hermanas en el patio de baldosas, con una sangría fresquita de por medio y.. las patas en la palangana. Yo por las dudas, sigo con el ventilador de techo y el aparato de aire acondicionado, no sea cosa que al tener los pies en agua, toque el teclado y me quede pegada.
Por hoy no escribo más, porque mi amiga la rica, la que tiene pileta grande, me invitó a ir a remojarme, y eso incluye algo más que las patas, o sea las partes, que también se recalientan bastante, aunque mi mamá no las haya incluido nunca en sus consejos de refrescada. Después de todo, ella es de otras épocas, donde no se hablaba de "las partes".
Mi vieja es muy sabia. También es medio hippie. Siempre quise contar algunas de las enseñanzas que me dio. La mayoría no tienen nada que ver con los tradicionales consejos de las madres. Algunas sí, nadie es perfecto, y menos mi vieja.
Mi vieja es muy sabia. También es medio hippie. Siempre quise contar algunas de las enseñanzas que me dio. La mayoría no tienen nada que ver con los tradicionales consejos de las madres. Algunas sí, nadie es perfecto, y menos mi vieja.
La premisa máxima de María Teresa es: mejor que estar parado es estar sentado, y mejor que estar sentado es estar acostado. Por eso, ella, todo el día panza arriba en la catrera.
No le vengan con eso de los sacrificios de madre, ni con el viejo cuento de la "viejita que lava y lava en la pileta del patio". El secreto está en el ahorro (de energía sobre todo). Y ahí está, a punto de cumplir sus primeros 80 años, y con una piel y unas piernas que le envidiarían Graciela Borges y Amelita Vargas (o Tina Turner si quieren ser más modernos).
Y ahora ¿pongo publicar y ya está? Espero que sí, porque sobre esto de los blogs a mi vieja no le puedo pedir consejo, todavía se está peleando con los controles remoto de la tele.